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17/12/2010, Reportaje de Steve Bartram
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Rumbo a casa

El que Ole Gunnar Solskjaer haya desfilado en tres ocasiones frente a un Old Trafford atestado para despedirse, dice mucho del impacto que tuvo en el Manchester United. Tras su retiro, después del partido en su homenaje y, esta semana, de cara a su inminente regreso a su antiguo club, FK Molde.

"Pienso que el club sólo quiere asegurarse de que esta vez sí me vaya; la tercera es la vencida", sonrió el martes por la mañana, horas después de ofrecer la ceremonia previa al triunfo sobre el Arsenal el lunes. Como siempre, había un destello pícaro en sus ojos azules. Con excepción de algunas canas y líneas de expresión, el noruego no ha cambiado mucho a lo largo de sus 14 años en el club.

Lo único que ha cambiado notablemente es su reputación. Llegó siendo un desconocido sin experiencia con un nombre capaz de bloquear el cerebro (el directorio telefónico interno del Old Trafford aún tiene su apellido escrito incorrectamente ‘Solksjaer'). Se marcha como un amigo de cualquier persona con el más mínimo dejo de Rojo en sus creencias.

Se consolidó en la historia del club con el gol decisivo contra el Bayern Munich, con el que se coronaron campeones de la Champions League y sumaron los tres títulos de esa temporada. La afición del United le ha dado este inigualable estatus a Solskjaer casi por fortuna. No pudo evitar el instinto asesino con el que le clavó el dedo gordo del pie al pase de Teddy Sheringham, pero su dedicación coordinada para convertirse en un profesional ejemplar y, además, un referente de humanidad, significa que merece todo el honor que se le ha conferido.

Ole podría cargar un bolígrafo para autógrafos en una funda de pistola, debido a las frecuentes solicitudes que le hacen para firmar recuerdos del United, sin embargo, nunca lo he visto alejarse sin

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