REPORTAJES

La columna de Demian Bichir
14/03/2011, Reportaje de Demian Bichir
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La columna de Demian Bichir

Crecer en México trae consigo un amor casi inexplicable por el futbol. Como en la mayoría de los países latinoamericanos, aprendemos a patear una pelota antes de decir alguna palabra.

En mi casa, sin embargo, yo era el único apasionado por el futbol. Mi hermano mayor, Odiseo, disfrutaba de sus libros y del ajedrez. Y mi hermano menor, Bruno, era feliz con sus juguetes de La Guerra de las Galaxias. Sólo yo me la pasaba en la calle. Era, como decimos en México, un verdadero ‘pata de perro’.

Eramos incansables. Nos pasábamos toda la tarde jugando futbol en el barrio. No importaba el clima. Incluso bajo la lluvia el juego adquiría una alegría especial. Por supuesto que teníamos prohibido por nuestras madres, llegar a casa empapados, de manera que antes de tocar a las puertas de nuestros hogares, nos quitábamos la ropa para ponerla a secar y así evitar un regaño seguro, aun con el riesgo de coger una pulmonía. Nada nos detenía.

Alguna vez llegaron al parque las mamás, como un ejército, a llevarnos de las orejas a toda la banda de escuincles que seguíamos jugando hasta las once de la noche.

Desde que yo me acuerdo le ido a Chivas. Y no sé en qué momento lo decidí porque no hay antecedentes en mi familia, ni soy de Guadalajara. Lo más lógico es que habiendo nacido en el DF, me hubiera inclinado por Pumas, Crúz Azúl o América, pero siempre me llamó más la atención el uniforme de Chivas y el hecho de que en sus filas sólo militaban jugadores nacionales.

Aunque yo hacía teatro profesional desde niño, mi ilusión era llegar a jugar futbol  en primera división y por supuesto jugar para el club

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